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aldo roque defilippo, uruguay

El plan

Aldo Roque Difilippo

Habíamos planeado todo, hasta el más mínimo detalle, y nos sorprendimos pensando que el asalto sería cosa de niños.

   En principio éramos cuatro quienen haríamos el trabajo, pero después el gordo Miguel se nos sumó. No recuerdo quién lo involucró al grupo, pero se habló de su necesidad de dinero. Su sueldo como Portero del Banco era por demás escaso para mantener a una mujer y cuatro hijos. Lo cierto es que nos compadecimos de su situación. Todos sabíamos que el gordo era medio imbécil, pero si había lugar para cuatro, bien podríamos achicar las ganancias y sumar otro al grupo.

   Todos trabajábamos en el Banco República, por lo que conocíamos al detalle sus movimientos. Martínez, el Cajero, opinó que deberíamos esperar unos días. Llegaría una partida importante de dinero para el pago de las jubilaciones, y otros rubros, por lo cual conseguiríamos una fuerte suma para repartir.

   Por mi trabajo conocía perfectamente los movimientos de los dos guardias. Es más, me había ganado su confianza, convidándolos con cigarros y algún mate después que dejábamos de atender al público. Mi escritorio estaba próximo a la caseta de los policías, y había anotado sus movimientos. Mientras uno permanecía dentro, el otro hacía guardia en la puerta del Banco, para relevarlo cada hora y media.

   López, uno de los encargados del tesoro, nos pasó el detalle de los horarios en que el reloj permitía abrir la puerta, además de la ubicación de las alarmas.

Izaguirre, en tanto, ajustó los detalles que faltaban.

Se las ingenió para hacer una copia de las llaves del tesoro, consiguió un automóvil que no nos comprometiera, y un par de armas.  Tres adelantaríamos nuestra licencia, en tanto los otros solicitarían ese día libre, aduciendo problemas familiares o cualquier otro asunto para faltar. Ingresaríamos al Banco por separado. Izaguirre camufándose con una peluca canosa y una vestimenta que envejecería su figura.    Martínez ingresaría al Banco mientras el gordo esperaría en el auto para emprender la fuga. López y yo haríamos desaparecer nuestra barba para disfrazarnos como dos inocentes ancianitas.  Al gordo Miguel le dejamos el trabajo más sencillo. Debería esperarnos en el auto para pisar a fondo el acelerador ni bien terminásemos el trabajo.

   Nos reuníamos en la Taberna del Pulga, donde éramos asiduos, para que nada hiciera sospechar lo que planeábamos. En una mesa junto al billar, Martínez apuntaba meticulosamente los detalles del asalto, y nos hacía repetir hasta el cansancio nuestra función, buscando pulir los detalles. Izaguirre con su peluca canosa y su figura desgastada se pararía en una de las colas de la caja, en tanto las dos ancianitas irían a solicitar informes a dos  mostradores, mientras López ingresaría encapuchado, pistola en mano, iniciando el alboroto. Nosotros nos arreglaríamos para inmovilizar a los empleados que están próximos a las alarmas, así como a los dos policías.

   Mientras tanto el trajín en el Banco funcionaba con total normalidad. Las personas se apiñaban contra las cajas y los trámites fluían con la misma cadencia y monotonía de siempre. Yo me pasaba todo el tiempo registrando cheques y depósitos en las fichas, contando los días que restaban para liquidar aquella rutina.

Al otro día del golpe todos regresaríamos a nuestros respectivos puestos, aparentando asombro por  lo sucedido, colaborando incluso con la investigación, y  así disipar la sospecha y borrar toda pista. Dejaríamos pasar por lo menos un par de meses para que todo se calmara y comenzaríamos a renunciar de a uno, para emprender una nueva vida  en otra ciudad.  Nadie debía enterarse de nuestro propósito, y nadie se enteró, ni nuestras mujeres, pues cualquier distracción conspiraba con el éxito de la empresa.

    En quince minutos estaríamos lejos de Mercedes donde abandonaríamos el coche y las bolsas vacías, para  regresar por diferentes vías.

-El martes es el día ideal -dijo Martínez-. Todos debemos buscarnos una tarea para las cuatro de la tarde, y así tener una coartada que nos libre de sospecha. ¿Está claro?...

-Entendido.

-Llamalo al gordo y pasale los datos.

   Habíamos convenido no involucrarlo en los detalles del plan, pues su función era sencilla. Llegaría con el coche, esperaría en la puerta, y nos conduciría al punto  convenido donde camuflar  todo.

-¿Está claro gordo? Lo tuyo es lo más fácil.

   Martínez no quería dejar ningún detalle librado al azar, y como sabía que Miguel no era muy despierto que digamos, se lo explicó varias veces para que comprendiera.

-Clarito, pero...

-Pero nada gordo. Vos llegás en el auto, nos esperás, y ni bien subamos pisas el acelerador a fondo. ¡No es tan complicado carajo!

-Si, pero...

-Pero nada gordo -le dije casi gritando.

-¿Acaso no querés hacerlo?... -lo increpó López.

-Claro que si, pero...

-¿Pero qué?

-Es que yo no se manejar.

Por lobitogabriel - 6 de Abril, 2006, 17:16, Categoría: cuento
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